Thursday, May 03, 2012

La prepotencia mediática




El fascismo basaba su poder
en la Iglesia y el Ejército,
que no son nada comparados
 con la Televisión.
 —Pier Paolo Pasolini


Es una línea de acción perfectamente coordinada por el alto mando priísta: en ningún caso habrá de exponerse a Peña Nieto al ridículo, por eso hay que reducir al máximo la exhibición televisiva de su incompetencia. No sabe hablar, no sabe discutir, no tiene imaginación y justamente por no leer carece del vocabulario elemental para expresar emociones e ideas.
  La “estrategia” es que no se le vea mucho cuando hace el ridículo y enseña el cobre de su muy mediana formación intelectual.
  Por eso, todos en fila, desde Salinas Pliego hasta Manlio Fabio Beltrones, y un dueño de club futbolístico, opinaron que estaba muy bien que no se transmitiera el debate y sí, en cambio, un encuentro de futbol.  Ya se sabe de la soberbia y la majadería de Salinas Pliego que dijo que no le daba la gana televisar el debate del domingo. Háganle como quieran. El multimillonario político sonorense, Beltrones, dijo en Cancún la semana pasada que “las televisoras y radiodifusoras ya cumplen con difundir en tiempo oficial los menajes de los candidatos”. En otro desarrollo de su rollo añadió que “TvAzteca no tiene ninguna obligación de transmitir el debate”.
  El representante del PRI en la Comisión de Debates, un licenciado de apellido Ramírez Marín, repitió también la coartada de que las televisoras están en toda posibilidad de hacer lo que mejor les parezca. Según él “es abusivo exigirle a los ciudadanos que vean el encuentro entre candidatos”.
  Álvaro Dávila, dirigente del club Morelia, también se alineó a favor de Peña: “Nosotros estamos con un compromiso que es cumplirle a la empresa TvAzteca y a la afición”.
  Pero luego, y en la misma línea de sumisión, el director del IFE, Leonardo Valdez, volvió sobre sus leguyadas para decir (en tácito apoyo a Peña Nieto) que no estaba en la ley solicitar a Gobernación que el debate se transmitiera en cadena nacional. Tímido, desde su prácticamente inexistente o deslavada secretaría "de gobernación", el licenciado Poiré también se lavó las manos: todos con Peña Nieto, incluso desde el PAN y desde la curiosa pasividad del Presidente panista.
  Si en México ya no hay Estado ahora parece que tampoco hay Presidente. ¿Dónde está la autoridad moral y política de un jefe de Estado que podría conminar a todas las partes a compartir un debate nacional de primera importancia? La actitud de TelevisAzteca es un insulto a la sociedad mexicana. Es una falta de respeto imperdonable. Es una imbecilidad argüir que en su lugar hay que pasar un juego de futbol pues lo único que hacen es refrendar la especie de que, en efecto, el futbol es el opio de los pueblos.
  Dice Francisco Acuña Griego, el mejor abogado sonorense, que Televisa es el corazón de una red muy poderosa. “Aglutina a no pocos grupos de poder y los expresa.” Nunca se imaginaron los presidentes priístas y panistas que al darle tanto poder al monstruo, porque siempre le han tenido miedo de que no los pongan en pantalla, ya no serían ellos y sus partidos los que decidieran el cambio en Los Pinos.
  No es una fantasía ni una teoría conspirativa. Sobran indicios, desde hace por lo menos cinco años, de que Televisa se inventó a un personaje, construyó su imagen con propaganda disfrazada de notas periodísticas por Joaquín López Dóriga, y de que ese poder —llamémosle TelevisAzteca y su ejército de locutores, ellos sí en cadena nacional— está decidiendo quién será el próximo Presidente de México.
  @Campbellobo

Sunday, April 22, 2012

Demasiados gobiernos


Estábamos el otro día viendo la catedral de Mérida, Yucatán, que construyeron los religiosos católicos españoles todavía en al siglo XVI, a unas cuantas décadas de le fecha inaugural de la Conquista: 1521. En esos parajes donde no era fácil erigir una choza los arquitectos colonialistas fueron capaces de levantar una mole inmensa y altísima, como el templo que era y sigue siendo, resolviendo problemas que aún serían difíciles para la ingeniería moderna.
  Al contemplarla tuve una percepción: si Dios no es real, la fe sí es real, las creencias sí son reales y tangibles, el templo es real: se puede tocar y es además, y sobre todo, un símbolo de poder, como la nueva Cámara de Senadores.
  Si en algún campo se puede estimar la arquitectura como símbolo del poder es en la construcción de templos. Son una presencia brutal, por lo menos del poder terrenal. Luego entonces ¿qué era esa organización religiosa durante los 300 años de la Nueva España y luego de la Independencia?: era una forma de gobierno tácito; era un Estado dentro del Estado; era un gobierno paralelo, eterno, vitalicio, no electo, no como resultado de la voluntad de la gente, que no podía ni debía competir con el gobierno de la República. Y de eso el presidente Juárez se dio cuenta y le puso límites. El poder no se comparte. Tampoco el gobierno. Entonces el oaxaqueño obró en consecuencia y acotó esos poderes fácticos.
  Y es que vivimos bajo diferentes tipos de gobierno. El gobierno de los bancos, de la banca decente, Citibank (Banamex), la banca de Hong Kong y Shangai (HSBC), la banca Santander, Scotiabank, la de Bilbao (que a la mejor expropian en la Argentina), y también la de Monterrey. Todos ellos en nuestra vida cotidiana son un gobierno. Y no es improbable que Carlos Slim y su imperio (teléfonos, Sanborns, Internet, Marlboro) también sea un gobierno.
  Y sucede así también con los medios audiovisuales, la radio y la televisión, es decir, Televisa, es decir, Teleazteca, en menor parte. Es decir: TelevisAzteca. Ha sido tal el poder que los diferentes gobiernos priístas y panistas le han permitido acumular a Televisa que ya el consorcio está en condiciones de poner Presidente de la República. Y lo está poniendo ya. Vivimos también, entonces, bajo el gobierno de Televisa y el sexenio que entra mucho más: será la Reina.
  Televisa le comió el mandado al PRI y al PAN. Su gran estratega: Bernando Gómez. Como quien no quiere la cosa. Calladito. Low profile.
  El otro gobierno, como se decía al principio, es la Iglesia. Empezó por establecerse en forma de templos que tenían que competir en arquitectura con los pirámides mayas y otros majestuosos templos prehispánicos. La participación política de la Iglesia católica suele ser muy discreta. No abiertamente desde el púlpito, como en las películas de Luis Buñuel. No. Es en corto. En la relación personal del sacerdote con la grey. No vayan a votar por el Peje, les puede decir, como se los dijo en 2006. Al obedecerle muchas personas arriesgan la vida cuando no usan anticonceptivos o preservativos. Es gobierno. Tiene la capacidad de decirle a la gente lo que hay que hacer, lo que está bien y lo que está mal.
  Otro de estos poderes es el constituido de hecho por el crimen organizado, concretamente en ciertos regiones del territorio nacional, Michoacán, el Noreste, en Tamaulipas, donde el Estado mexicano ya no está.
  Es aterrador que Felipe de Jesús reconozca en  Puerto Vallarta que los cárteles de la droga se conforman ya como un Estado paralelo al suplir funciones del gobierno. Ya lo había dicho en la Cumbre de las Guayaberas, en Cartagena de Indias, el 14 de abril de 2012: el crimen organizado “ya ha entrado a reemplazar, en determinados sitios, las funciones del Estado, como la recaudación de impuestos”, según el presidente Ollanta Humala. ¿Un Estado dentro del Estado? Cobran impuestos, acepta el jefe de la tribu. ¿Qué significa que un jefe de gobierno acepte esa realidad? ¿Una capitulación? ¿Quiere decir que el Comandante en Jefe abandona la plaza?
  Para mayor INRI, en un informe de Antonio Guterres de la ONU el 19 de abril de 2012 se menciona “la incapacidad del Estado mexicano para impedir que el crimen organizado controle territorios y proteger a comunidades enteras”. Otro indicio que apunta hacia la teoría de la inexistencia.
  Dos Estados no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio.
  El mexicano es un Estado fragmentado y compartido, pues, con la Iglesia, Televisa, los narcos, los bancos, los partidos políticos, los empresarios.

 www.msemanal.com/node/5510
@Campbellobo

Saturday, April 14, 2012

La telenovela de las elecciones

www.msemanal.com/node/5510

Las elecciones son la

ocasión ideal para que grupos

de inversionistas se unan

con el fin de controlar

al Estado.

—Thomas Ferguson

Televisa puso a Peña Nieto en tercera base, pero él cree que metió triple. Sin la campaña del Canal de las Estrellas durante por lo menos cuatro años seguramente el sobrino de Montiel no tendría el lugar que ahora tiene en las encuestas, amañadas o no. La apuesta no es mala: un candidato joven con una novia de telenovela, una parejita como de pastel de Sanborns, se propone a un electorado más bien ágrafo al que los medios de comunicación han alejado de la cultura impresa: los libros, los periódicos, las cartas. En muy pocas partes del país la gente se informa a través de los periódicos. Si es que se informa.

No hay más de tres sopas y los tres candidatos no son unas chuchas cuereras. Es lo que da el país. No da para más. La misma cámara de 500 diputados es una involuntaria muestra estadística acerca del nivel intelectual de los compensados con 200 mil pesos al mes durante tres años. De ahí la pobreza de su discurso, de ahí su escasez de ideas. Si nos atuviéramos al apotegma de que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen tal vez mereceríamos algo peor.

El pesimista Leonardo Sciascia decía que en nuestro tiempo ya no cuentan las ideas. Se puede pensar cualquier cosa —si es que se piensa— y estar en cualquier partido. En la edad de la ideología (los años 30 de la guerra civil española, la lucha contra el fascismo, la confrontación entre el socialismo incipiente y la democracia capitalista) se solía luchar o matarse por una idea. Se iba al frente de batalla. Se metía uno en política porque le repugnaba la injusticia, porque había muchos pobres, miserables que nunca en varias generaciones, de abuelos a bisnietos, serían redimidos y tal vez uno podría hacer algo desde el poder.

El fenómeno de la televisión mexicana es único en el mundo. Como la gran mayoría de los grandes negocios en México no pudo haber surgido sin la colaboración del Estado. Nunca se imaginaron los presidentes del PRI y del PAN que al darle tanto poder el consorcio televisivo llegaría a estar en condiciones de decidir quién será Presidente.

En sí mismo el PRI no sería una tragedia. Hemos sabido convivir con su sistema de saqueo. El problema de Peña Nieto es el tipo de PRI que representa: los políticos del Estado de México

con sus mañas, sus manías, sus abusos, sus negocios, sus corrupciones (los hijos de Hank González). El de Atlacomulco es uno de los grupos más retardatarios del PRI y además es muy cerrado. No han dejado entrar, por ejemplo, a Manlio Fabio Beltrones, que será el contrapeso junto con los otros priístas frente a la gavilla del Estado de México que dispondrá del poder federal, ineluctablemente, a partir de julio.

Vuelve la dictadura perfecta.

No hay manera de que no sea así. En las manifestaciones de Peña Nieto la gente no grita En-ri-que, En-rique. Grita: Ga-vio-ta. Ga-vio-ta. Son más los votantes procedentes del público de telenovelas o de programas como el de Paty Chapoy que los manifestantes que conforman la sociedad civil de Twitter. Por eso la “estrategia” de meter a Peñanieto en Los Pinos desde hace cinco años y en pantalla todos los días se está comprobando exitosa e imbatible. Quien la haya concebido midió muy bien el nivel de conciencia política mayoritario. Ga-Vio-Ta. Ga-Vio-Ta. Para esa mayoría enajenada las elecciones son una telenovela.

Y ya tiene tuíter el bato:

@Campbellobo

Friday, November 25, 2011

NUESTROS CHINOS

La imagen es la de un amanecer en una de las colinas de Corea que las tropas estadounidenses en 1952 trataban de recuperar para establecer la demarcación del paralelo 38.

Uno de los soldados, Ray Mendoza, avanza adelantándose a su pelotón y cree distinguir a lo lejos la figura de un combatiente norcoreano que salta entre las trincheras y las fosas de los bombardeos.

A bayoneta calada Ray corre tras el soldadito saltarín que de pronto se esfuma. Ray salta entre una fosa y otra y ve al fondo y abajo el horror en el rostro del muchacho. Sin ningún titubeo, el californiano brinca sobre él y le coloca la punta de la bayoneta en la garganta.

—No me mates no me mates, no seas cabrón —le grita el norcoreano.

—Oye pérate pérate pérate y tú ¿por qué hablas español?

—Es que soy de Culiacán —le dice el otro.

El recuerdo reinventado de esta escena proviene de una lectura: Los motivos de Caín, de José Revueltas. Nos pone a cavilar en ciertas calles de la infancia, en Tijuana o en Mazatlán, en Hermosillo, en El Altar: nunca faltaba el compañerito de la primaria o de la secundaria que tenía los ojos rasgados y un apellido a veces monosílabo, como Ley. Rosa Yamada, japonesa tijuanense, era la delicadeza misma en su diminuta y elegante persona.

Y es que los chinos —como les decíamos a todos, coreanos o japoneses, mongoles o birmanos— nunca nos han sido extraños en ese corredor sentimental que va de Escuinapa a Tijuana. Tanto que Mexicali no tendría la fisonomía humana que tiene sin los chinos de los restaurantes y las casas de cambio. De ahí la frase de Daniel Sada: “La comida típica de Baja California es la comida china.” No sabíamos si eran coreanos o chinos, pero lo cierto es que los japoneses trajeron el beisbol a Tijuana: Óscar Kawanishi, So Yasuhara, Takeshí Morita. En otros lados, en Santa Rosalía, Baja California Sur, por ejemplo, pueden visitarse todavía los restos de un cementerio chino.

La historia que está detrás es que luego de concluidos los trabajos del ferrocarril en Arizona, California y Nuevo Mexico, no todos los chinos que empleaban en los “company towns” se quedaron allá. No pocos fueron contratados en 1909 por la Colorado River Land Company, que no quería trabajadores mexicanos, para labrar las tierras del valle de Mexicali. Más triste es la persecución racista y criminal de los chinos en Sonora, cuando tanto en Sonora como en Baja California se organizaron los comités antichinos entre 1923 y 1936 en los años de los gobernadores sonorenses Francisco S. Elías y Rodolfo Elías Calles, pero sobre todo antes, cuando el gobernador era Alejo Bay (1923-1927) que promulgó leyes infamantes contra los chinos: prohibición absoluta de casarse con mexicanas, necesidad de permiso de la autoridad municipal de su domicilio para cambiarlo a otra población, limitaciones al comercio, etcétera.

El remate de la cruel campaña fue la expulsión de los orientales, aprovechada por quienes aceptaron cuidarles sus bienes mientras conseguían regresar. Ni volvieron ni les regresaron sus bienes.

“La xenofobia en Baja California no ha sido debidamente estudiada por la historia. A penas mostró los episodios locales de sinofobia. Pero el racismo intrínseco de los

bajacalifornianos va más allá de nuestra convivencia con los migrantes chinos, a quienes hemos vuelto invisibles y sólo pensamos en ellos a partir de la experiencia culinaria”, dice Víctor M. Gruel en su tesis sobre el manicomio de la Rumorosa.

Era la década del fascismo en Italia y Alemania. Fueron los años de la fundación del PRI a instancias de Plutarco Elías Calles. Dicen los que lo han oído que alrededor de 30 mil chinos fueron asesinados o expulsados. La cifra parece exagerada. Lo que sí se sabe es que algunas de las viejas familias más ricas de Hermosillo pusieron la primera piedra de sus fortunas con casas robadas a los “chales”. Otras cosas se dicen o se saben de ellos en Badiraguato: les atribuyen la introducción de la cultura del opio en la serranías y las barrancas.

Sin embargo, para refrendar que la memoria engaña o colorea de otro modo la materia recordada, en su novela José Revueltas en ningún párrafo se refiere a la escena de la fosa y la bayoneta. Eso se lo inventó algún lector que con los años acomodó la historia a sus fantasías personales. Pero Revueltas sí habla de Culiacán, donde radicaban los padres de Kim, mexicana ella, coreano él.

* * *

Lo que sucedió fue que Revueltas se encontró una vez en Tijuana frente al hotel Nelson, sobre el callejón Argüello, a un chicano de Los Ángeles que había desertado del Army y el hombre estaba deshecho: se sentía una guiñapo no sólo por haber corrido con la experiencia de matar sino por haber torturado nada menos que al paisano que aprehendió en combate.

El personaje no es Ray, como yo lo recordaba, sino Jack. Jack Mendoza. El muchacho norcoreano efectivamente era de Sinaloa pero luego sus padres se fueron a Corea y él, Kim, a estudiar a la Universidad de Peipín. Llevaba en la bolsa de su camisa una credencial del Partido Comunista de Corea y Jack se la quitó y la tiró para que no lo fueran a maltratar mas los gabachos.

Yo leí Los motivos de Caín hace más de veinte años y me gusta contar esta anécdota a mis amigos del Noroeste. Pero ahora que he releído el texto me doy cuenta de que por ningún lado está la escena de la trinchera y la bayoneta en la garganta del soldado norcoreano. En esencia ésa es la situación dramática y el sentido de la novela, pero Revueltas no la pinta así.

Para que vean ustedes cómo la memoria inventa y de la lectura de novelas queda algo que uno va recreando, transformando y repintando de otro modo.

La democracia mediática

El ojo que ves no es ojo

porque tú lo veas;

es ojo porque TV.

—Antonio Machado

Una de las cosas nuevas que sí hay bajo el sol en nuestro tiempo es la intrusión de los medios audiovisuales, televisión y radio, en la democracia electoral, que ya no es como lo era en la Atenas de Demócrito. Ahora la actividad comunicativa se encuentra entre las más manipulables y es un cuchillo de dos filos: puede servir para pervertir la democracia y echarla a perder o para conducir a la humanidad a una de las fases más sublimes de su historia: a una democracia plena y madura, sana y constructiva.

Dicen los especialistas que la televisión ha transformado la política. “Más que el Parlamento, la televisión es el gran foro público donde se debate lo que a todos atañe y donde se libran las batallas por el poder”, se sostiene en la Democracia mediática (Ed. Ariel, Barcelona, 1999) que armaron Alejandro Muñoz-Alonso y Juan Ignacio Rospoir, profesores de opinión pública en la Universidad Complutense de Madrid. Se trata de una recopilación de siete artículos sobre campañas electorales en Gran Bretaña, Alemania y España. La idea de fondo es que la “democracia mediática” es aquella donde los medios llegan a usurpar funciones propias de las instituciones y conduce a la uniformación o a la “norteamericanización” de la política. Todo ha de ser, al manos en los países débiles y proclives a la imitación, como en Estados Unidos.

“La televisión ya no es sólo la cancha en la que se dilucidan las batallas políticas, sino también el arma que se utiliza para asegurarse la victoria”, cueste lo que cueste. Porque la tentación de controlar al Estado es muy grande y porque, ya lo sabemos en México, la política es dinero. Una de las motivaciones más fuertes al intervenir en las campañas electorales es conseguir el poder para hacer negocios y proteger los que ya se tienen.

Enrique Peña Nieto dice que no es el candidato de Televisa pero lo cierto es que no estaría en el lugar que ocupa hoy en las encuestas si no hubiera hecho el gran negocio propagandístico para aparecer casi todos los días, durante los últimos cinco años, en los noticieros de la concesionaria. Jenaro Villamil ha documentado que con Televisa se han firmado y pagado contratos hasta de mil millones de pesos, a cambio de inventar la candidatura de Peña y pasar como notas periodísticas actos de verdadera propaganda machaconamente. Se dice en los mentideros de la Condesa, en el Mama Roma, en los de Tijuana, en el cafetería del hotel Lucerna, o en la del hotel Gándara de Hermosillo, que Televisa va a poner Presidente. No pocos pesimistas lo creen. “Si no es que ya lo puso”, dicen los más amargados.

El regreso del PRI si sería tan grave si no fuera que equivale a que lo peor de la política nacional se reenganche con Peña Nieto: el grupo de Atlacomulco, los hampones del Estado de México, los hijos de Hank González, Salinas de Gortari, Montiel. Es tal la prepotencia y la convicción de que ya está en la Presidencia, que el candidato de Televisa se da el lujo de sostener a Humberto Moreira como Presidente del PRI. Otra demostración de poder, en el estilo del autoritarismo previsible del personaje, es haber decidido que en el caso de la niña Paulete no hubo crimen qué perseguir. En los estados los procuradores son empleados de los gobernadores y quien decide si hay elementos o no para investigar un delito es al señor gobernador, según su capricho y según sus intereses. Esa es la oferta de justicia de alguien que Televisa a convertido en candidato inevitable del PRI.

Van por todo los amigos de Peña Nieto. Van por el petróleo, los negocios, van a consumar lo que el PRI siempre se ha propuesto: el saqueo del país. El hampa política en el poder.

El caso de Televisa es único en el mundo, muy sui generis. Digno de más de una tesis de comunicación en la Universidad Anáhuac. Su papel no es como el de la televisión alemana, de bajo perfil, sin locutores demasiado protagónicos. Los últimos gobiernos le han dado a Televisa un carácter como de partido político, más poderosa que no pocos partidos políticos y todo mundo (Fox, Calderón) se le arrodilla.

Antes cuando en Televisa recibían un telefonazo de Gobernación se ponían a temblar. Ahora, cuando en Los Pinos reciben un telefonazo de Televisa, se cagan del susto.

Dos de las grandes irresponsabilidades históricas de Felipe Calderón han sido darle al Ejército un poder que no tenia hace tres años y aumentar el poder tal vez irreversible de Televisa. Vamos a ver qué consecuencias tiene esto dentro de cinco o diez años. Por lo pronto, el año que entra Televisa estará en la Presidencia.

Habrá de verse, pues, si las elecciones se ganan con la televisión o con la televisión en contra. De pueblo en pueblo, a pata, o de canal en canal, en cadena nacional. La oportunidad histórica que la vida le pone por delante a Emilio Azcárraga es hacer de la televisión una verdadera instancia de la democracia. Eso es mucho más importante y trascendente que tratar de hacer más dinero que Carlos Slim. Ojalá estuviera consciente Emilio Azcárraga de lo importante que sería para su país —por amor a su país— ofrecer una televisión equitativa, rica en discusiones y en ideas, imparcial, pareja con todos los candidatos. En aras de la convivencia civil.

Daniel Sada en su gran momento

Cuando Daniel Sada estaba becado en el Centro Mexicano de Escritores a Salvador Elizondo le llamaba mucho la atención el manejo del lenguaje que en sus textos desplegaba el escritor nacido en Mexicali, Baja California, en 1953 —pasando después su adolescencia en Sacramento, Coahuila— y que dejó de estar entre nosotros el viernes 18 de noviembre. Y es que a Daniel, como novelista, lo que le importaba era el lenguaje vivo, las palabras de la calle, porque sabía que en el habla de la gente, transfigurada por la literatura, residía el alma de los pueblos. No por nada el título de su novela mayor, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe —traducida al francés por Claude Fell como L’odissé barbare—, lo oyó de casualidad de una señora en la estación de autobuses de Culiacán.

En su sintaxis personal, en su concepción de la novela, en su arte poética, a Daniel Sada no le importaba mucho lo que estuviera sucediendo en la trama; no era muy fijado en la construcción anecdótica (preocupación primera entre los guionistas cinematográficos) ni en los personajes ni en las situaciones. Su interés se concentraba en la capacidad del autor para proyectar un mundo o, lo que a él le gustaba decir, un paisaje interior.

Tal vez en ese arte poética narrativo reside el legado literario y la originalidad inimitable del escritor que dejó en prensa su última novela: El lenguaje del juego, que pronto pondrá en circulación la editorial Anagrama de Barcelona. También en la casa editora de Jordi Herralde, Daniel Sada conoció el momento culminante de su trayectoria: el premio Herralde de Novela en 2008 por Casi nunca, recientemente traducida en Estados Unidos como Almost Never por Catherine Silver. Luego, bajo el mismo sello, ofreció a sus fieles lectores A la vista y Ese modo que colma.

Su caso supone una referencia obligada a nuestro amplio condado literario del Noroeste y del Norte sentimental. No se refería directamente a la violencia porque —como los camellos en la narrativa árabe— allí estaba la crueldad sangrienta y porque Sada estaba consciente, por razones de oficio, de que en nuestros días el narcotráfico no es el texto: el narco es el contexto, el tarro que contiene la cerveza, la taza blanca que acoge el café negro, el cuerno de la abundancia mexicana que cobija el saqueo de este país de todos los demonios.

Tal vez quien mejor acertó a definir su personalísimo estilo y su aportación más importante al catálogo de la novela mexicana fue Roberto Bolaño:

“Sada, sin duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español, parangonable únicamente con la obra del cubano Lezama Lima, aunque el barroco de Lezama, como sabemos, tiene la escenografía del trópico, que se presta bien a un ejercicio barroco, y el barroco de Sada sucede en el desierto.”

Traía en la sangre su vocación de escritor pero de nada le habría servido si no hubiera conjurado la dificultad de la concentración continuada en el trabajo diario, de por lo menos cinco horas, inventando sus sueños. No leía periódicos ni revistas: creía que la concentración en la escritura era lo más parecido a la felicidad. No cubría el perfil típico de nuestro tiempo mexicano. No seguía ningún modelo de carrera literaria. Nunca le pareció muy elegante la autopromoción ni el “hacer carrera” ni se afanaba mucho por ser un novelista mediático, demasiado vehemente en los medios audiovisuales o demasiado vociferante en los periódicos. No era ése su estilo ni iba con su carácter. No tenía la obsesión de la buena ropa. No iba a cenas ni a cocteles ni hacía vida social. Prefría la comida china (“la comida típica de Baja California”, decía) a la que se sirve en El Cardenal de los políticos. Y fue, por otra parte, alguien que practicaba la ética del agradecimiento: Durante más de veinticinco años supo ser muy generoso con el tiempo que quiso compartir con los escritores jóvenes en sus talleres literarios, en Culiacán, en la Casa del Escritor Refugiado en la colonia Condesa, en Saltillo, en Puebla, en Tijuana.

El escritor bajacaliforniano durante todo este año, en los meses anteriores a su muerte, pasaba por su gran momento: recibía invitaciones de todas partes, de Berlín, Buenos Aires, Nueva Delhi, Nueva York. Horas antes de dejarnos se anunció que había ganado el Premio Nacional de Letras. Le gustaban mucho las novelas del inglés Ian McEwan y de Rafael Chirbes. Sentía que uno de los narradores más prometedores hoy en México es el hidalguense Yuri Herrera, autor de Señales que precederán al fin del mundo, y que dos de las mentes más brillantes de su generación responden a los nombres de Christopher Domínguez y Juan Villoro.

En Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, el novelista construye un universo verbal que no reproduce —ni pretende parodiar— el habla norteña. La novela no está escrita en sonorense ni en sinaloense, ni siquiera en coahuilense, como podría sospecharse. El lenguaje es el que inventa Sada; no tiene la cadencia de la prosa bonita “latinoamericana” que esperan los europeos, con sus frases memorables y citables, ingeniosas o célebres, porque Sada no le hacía concesiones a nadie.

No se había dado en nuestro medio un proyecto novelístico tan ambicioso desde Terra Nostra, de Carlos Fuentes, o Noticias del imperio, de Fernando del Paso. Pero si su edificación es verbal eso no quiere decir que Sada fuera un novelista meramente verbal. Sin dejar de ser un mundo aparte, situado en un estado imaginario, Capila, y en un pueblecillo de la imaginación, Remadrin, la novela desde sus primeras líneas es una ametralladora de imágenes que tienen por lo demás una brutal y palpitante actualidad: “Llegaron los cadáveres. En una camioneta los trajeron —en masa, al descubierto— y todos balaceados como era de esperarse. Bajo el solazo cruel miradas sorprendidas, pues no era para menos ver así nada más paseando por el pueblo tanta carne apilada…”

Un fraude electoral, el robo armado de unas urnas en las narices mismas de los votantes, la denuncia del fraude, las protestas tumultuarias, la represión sangrienta del ejército, caminos vecinales bloqueados, los muertos, los desparecidos, van conformando el contexto que da tensión a la historia.

Ninguna ilusión de denuncia por parte del novelista, ningún propósito de rescate: su trabajo es menos ingenuo —la literatura no sirve para eso— y más ambicioso: la invención de un mundo propio y de un lenguaje propio. ¿Quién habla en la novela? Hablamos todos y ninguno. Habla el autor y habla la muchedumbre anónima: los mexicanos norteños pero también los mexicanos degradados, humillados por el gobierno inepto y la matanza, la de la novela y la de los almazanistas asesinados en julio de 1940 y que Robert Capa inmortalizó en su Leica de 35 milímetros y que aparece en la portada del libro.

Porque en el fondo y en definitiva lo que resta es la verdad, la “áspera verdad” de Diderot: los crímenes políticos irresueltos, el desencanto, la utilización política del ejército que tortura y acribilla a cientos de ciudadanos, a sangre fría, los encubrimientos, el control de la prensa para que no se sepa nada fuera del pueblo. Y así, la verdad —como siempre en los crímenes políticos— nunca se sabrá, porque parece mentira.

http://www.edicionessinnombre.com/blog/2009/01/campbell-federico/

http://horalelobo.blogspot.com/

Monday, April 18, 2011

Crónicas cerebrales

En sus todavía productivos años el doctor Arturo Rosenblueth decidió volver a México para promover la investigación científica en un centro del Politécnico después de que compartió la gloria con Norbert Wierner y su concepción de la cibernética, como puede constatarse en un hermoso libro: The Human Use of Human Beings. Es inverosímil que no haya estado en la mente de Ranulfo Romo este ejemplo de fe en el propio país y en los jóvenes que se van formando en el estudio del cerebro, es decir, en la neurofisiología, cuando en 1989, después de haber estudiado e investigado en París, Friburgo (Suiza) y Johns Hopkins (Baltimore), se incorporó a la UNAM y participó en la creación —con el apoyo del Instituto Médico Howard Hughes— del Instituto de Fisiología Celular. Ranulfo Romo cuenta en su conferencia de ingreso a El Colegio Nacional el 9 de marzo del periplo que emprendió y consumó como estudiante e investigador en el extranjero. Cree Ranulfo Romo que la labor científica es una actividad humana muy compleja. Desde muy pequeño gozó del privilegio que significa observar la naturaleza con libertad y sin límite de tiempo. Nació en una zona (Guadalupe de Ures, Sonora, 1954) de clima muy riguroso y por ello la adversidad natural nunca le ha sido ajena. Estando en primer año de medicina en la UNAM, cuando tenía 19, tomó un curso de neurología y neurocirugía, impartido por un investigador del sistema nervioso: el doctor Marcos Velasco, a quien le pidió que lo aceptara en su laboratorio y asistir a sus experimentos. Estudió con Jacques Glowinski en París, con Wolfram Schultz en la Universidad de Friburgo, Suiza, y con Vernon Mountcastle en la Universidad de Johns Hopkins. “En ese momento yo ya sabía que mi lugar estaba en el estudio de la neurobiología de la percepción, además no había perdido la convicción de regresar a mi país.” En México “persiste un limitado apoyo a la investigación, pero mi experiencia y mis sentimientos me hacen perseverar en la idea de que también se puede hacer ciencia de excelencia desde México”. A lo largo de la narración que va construyendo Ranulfo Romo se da uno cuenta de cómo los diferentes experimentos lo han llevado a entender que, por ejemplo, la memoria de trabajo es un estado mental que nos permite hacer consciente eventos del pasado y traerlos al presente, y significa un proceso útil para reflexionar y tomar decisiones. Es difícil encontrar a un ser humano al que no le interese y fascine el funcionamiento del cerebro. Por eso las neurociencias empiezan a tener una muy buena divulgación y los trabajos de los neurólogos se nos pueden presentar de manera inteligible: en forma de narrativa como lo es la conferencia del sonorense: “Crónicas cerebrales.” El estudio de Ranulfo Romo ha sido el primero en demostrar las relaciones causales entre la actividad neuronal y la experiencia consciente: el cerebro representa las sensaciones y las convierte en percepciones, memorias y toma de decisiones. Sus hallazgos son piezas fundamentales para el entendimiento del cerebro humano, “del que en pleno siglo XXI ignoramos casi todo” y sigue siendo Terra incognita. A diferencia del resto de la economía, la naturaleza en su infinita complejidad se ha encargado de preservar sus secretos, “quizá porque en el cerebro radica la razón de la inteligencia, la maldad o el amor, justamente lo que nos hace diferentes del resto del Universo y por ello tan incomprensibles”. * * * Post scriptum: Ha estado en algunas librerías del DF la revista The Brain (spring 2011), que publica la casa editora de Discover. Aparecen en ella las grandes estrellas de la neurofisiología. En primer lugar, como es natural y lógico, el doctor Santiago Ramón y Cajal (desde un oscuro puesto académico en Zaragoza, en 1883, a los 31 años), y luego uno de los más notables de ahora: Gerald Edelman, del Instituto de Neurociencias en San Diego, California. Y le siguen: V. S. Ramachandran, el colombiano Rodolfo Llinás, Oliver Sacks, Sir Charles Sherrington, Giulio Tononi, Antonio Damasio, Steven Pinker. En uno de los artículos The Brain menciona a “un grupo de investigadores mexicanos que en 2009 realizaron un estudio con monos” a propósito de un ensayo sobre la subjetividad del tiempo mental y en el que se regatea no mencionándolos por su nombre —no es la primera vez— a los investigadores del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM.

Thursday, April 14, 2011

Descomposición de lugar

A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto. —Albert Camus, La peste Hacia el segundo capítulo de La peste, la novela de Albert Camus, el personaje colectivo de la ciudad reconoce que la peste ya es “asunto de todos nosotros”. Hasta ese momento todo mundo había seguido en los suyo, pero una vez que se cerraron las puertas se dieron cuenta de que estaban en la misma red y que había que hacer algo. A partir de ce moment, il est possible de dire que la peste fut notre affaire à tous. El título de la obra alude a lo que el lector se imagine: la peste fue la guerra y el nazismo en los años 40, después puede ser el terrorismo, ahora la droga y la incontrolada violencia que nos degrada y deprime. El otro lado de la moneda, o del billete, es la actitud del gobierno estadounidense —que no detiene a ningún pez gordo— respecto a la actual tragedia. ¿Cómo no se ha de sentir frustrado el Presidente si Estados Unidos deja pasar la droga por tierra, mar y aire, gracias a sus agentes sobornados, y si la mayor parte del dinero negro pasa por sus cadenas de bancos, si las autoridades dicen que no alcanzan a investigarlos y se hacen de la vista gorda con el flujo de armas de allá para acá? Lo más estremecedor de lo que dijo el poeta Javier Sicilia después del asesinato de su hijo en Cuernavaca es que los criminales están dentro de las instituciones y que el corazón de México está podrido. No se puede terminar la guerra del Estado mexicano contra el narco mientras todo mundo esté metido en el ajo: policías y militares, funcionarios públicos, dirigentes de partidos políticos, congresistas y, en fin, representantes del Estado. Tampoco se podría ganar esa guerra maldita, esa ambigua guerra civil en la que unos mexicanos matan a otros, mientras no se ataque en serio el aspecto financiero del negocio. Ha sido muy tímido o muy cómplice el Estado mexicano al no emprender de veras una intervención quirúrgica en el circuito financiero del narco, hasta ahora intocado. Hay dos piñatas: un llena de mariguana, coca, heroína y pastillas de laboratorio. La otra piñata está repleta de billetes de diez y de veinte dólares, que es lo que suele costar una dosis en una operación de contacto rápido. Así, entonces, el gobierno mexicano sólo le da de palos a la primera piñata y respecto a la segunda se la pasa abanicando la brisa. Los economistas oficiales —bobos doctorados— tienen muchas dificultades para interpretar los indicadores del estado actual de la economía. El dinero circulante que mueven las organizaciones criminales allí está: en la industria de la construcción, sobre todo, en la hotelería, y en las casas de apuesta, los books, los casinos nuevos autorizados por Santiago Creel. También en las campañas electorales. Los llamados bancos decentes, por otro lado, de bandera española, canadiense, inglesa, estadounidense, mexicana, también reciben —acaso sin saberlo— la mayor parte del dinero que se legaliza. Los sistemas financieros en México parecen diseñados especialmente para blanquear capitales, como el programa federal de Cetes directo. Cualquier hijo de vecino puede comprar bonos gubernamentales a muy bajo precio para robustecer el gasto público. En las zonas en las que hay un vacío de Estado —Nuevo León, Michoacán, Tamaulipas, Morelos— el crimen organizado se impone como si fuera un ejército de ocupación extranjero. No es improbable, por otra parte, que la economía criminal ya sea estructural: que el capital del narco ya esté cimentado en el edificio de la economía nacional y que no se puede tocar —como la radioactividad— porque, como un montón de piedras, la economía misma del país se desmoronaría. Ya se fundió en ella la economía criminal y su extirpación sería como sanear un avión quitándole los motores. Y, aparte, existe otro problemita: nunca como ahora, o por lo menos desde los años 20, el ejército mexicano había tenido tanto poder. Hace tres años no lo tenía. ¿Quién se lo ha dado? Felipe Calderón, el Comandante en Jefe. http://horalelobo.blogspot.com/

Poderes perros

Hubo que esperar más de cincuenta años para saber que Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles mandaron matar al general Francisco Serrano en 1927, por motivos de rivalidad política, por celos políticos, por “razones de Estado”. A lo mejor en el año 2029 del tiempo mexicano podrá saberse finalmente cómo estuvo el asesinato de Luis Donaldo Colosio el 4 de marzo de 1994 en Tijuana. Más que en los tribunales, la verdad del poder quiere legitimarse en el espacio mediático o en eso que solía llamarse opinión pública o imaginario colectivo. Pero la historia sabe y, tarde o temprano, de las aguas turbias de la política habrá de emerger la verdad. La manera que en este libro tiene Pedro Ochoa de mostrar el caso es simple: expone de manera sucesiva —según el orden natural de los números— el día a día de los acontecimientos que rodearon el crimen a fin de que el lector reelabore por sí mismo una composición de lugar. En Los días contados no parece haber un montaje, una alteración en el orden de los factores, salvo el del devenir temporal que en muchos casos deja plasmada la espontaneidad del reportero y los primeros momentos en que la información aún no ha sido regateada y manipulada. Muchas veces la verdad pasa delante de nuestros ojos pero no la reconocemos. Es como si el lector acucioso de este libro se coloca en un tiro al blanco mientras frente a él desfilan figuritas de conejos, venados, borregos cimarrones, como en una kermés. Se desplazan de izquierda a derecha y hay que atinarle a una, la que podría representar la verdad. De esa manera transcurren en nuestra feria de todos los días las informaciones de los periódicos y las diferentes verdades acerca del mismo hecho, que admite cualquier número de puntos de vista. De pronto, entre los cientos de miles de palabras sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio alguien, en una celda, en una revista, en un rancho, en un periódico, en un bar, en una estación de radio, en una playa, suelta algo interesante. Y luego esa afirmación o imprudencia, o lapsus linguae, se pierde en el mar de la información, como un vaso de agua en el océano Pacífico. Pasa desapercibida. Lo que puede suceder es que la historia, madre de la verdad, muchos años después, establezca que esa revelación incidental era la verdadera, la que fijaba una relación cierta entre lo dicho y lo hecho. Ya se verá si en este libro de Pedro Ochoa pasó frente a nosotros un elemento de la verdad, interpretada tal vez con ojos del año 2054 y desde la perspectiva que favorececel paso del tiempo. La imaginación criminológica no es menos creativa que la literaria. Ambas se van al detalle. Se encomiendan a la precisión de las recetas culinarias o los experimentos científicos porque saben que para mejor indagar la verdad —o para mejor mentir— es indispensable el detalle y su exposición en secuencia narrativa. En el ensayo literario, en cambio, las pruebas no necesariamente son necesarias: se trata de la tesis sin pruebas y en eso se parece a la caricatura política en la que basta un chispazo, no una acumulación de pruebas inútiles. En otros términos: el argumento es una insinuación, una manera persuasiva de apelar a la malicia literaria y a la mirada crítica. Los únicos que exigen pruebas son los policías y los jueces, no los periodistas ni los escritores. En aras del natural escepticismo que suele tenerse ante la averiguación de la justicia en México, llegaron a reforzarse además las indagaciones científicas del procurador especial Luis Raúl González Pérez con peritajes del FBI y de los institutos de investigaciones astronómicas y nucleares de la UNAM, para que nadie se quedara con dudas. El mero hecho de nombrar a un “procurador especial” habla de la desconfianza que despierta el sistema normal de justicia imperante, acaso porque los “procuradores” siempre han estado a las órdenes del Ejecutivo estatal o del Presidente de la República. El capítulo que el investigador “especial” dedica en cinco gruesos volúmenes al Estado Mayor Presidencial (la guardia pretoriana del Presidente o, en tiempos del partido de Estado, del candidato priísta) se demora en minucias; explica quién es quién, de dónde vino, quién lo nombró. Hace historia. Muestra currícula. Pero parece mentir con la verdad, pues todas sus verídicas y verificables informaciones sobre la escolta del EMP y sus oficiales en nada permiten establecer que actuaron inocentemente. La profusión de datos no demuestra nada. No carecen de verosimilitud algunas de las más diversas hipótesis. Parecen persuasivas y son tan interesantes como cualquier crimen. Se vuelve al punto de partida: Aburto actuó solo e hizo los dos disparos: el Presidente no tuvo nada que ver. Puesto que Colosio era un personaje débil —un astro sin luz propia, un político nada brillante, reconocido por sus limitaciones intelectuales— resultaba ideal para el proyecto salinista de continuidad en el poder. Luego entonces se agrede a Colosio para reventar la maquinación salinista de un improbable maximato. Luego entonces Salinas no tuvo nada que ver, no mandó matar a Colosio, como supone la fantasía de buena parte de los mexicanos y, sobre todo, los sonorenses. ¿Por qué? Es lo que da el personaje y las circunstancias sospechosas que siempre lo han rodeado. Esta es la teoría que más consenso ha tenido: que si hubo conspiración, en todo caso fue para sabotear el proyecto continuista de Salinas. La agresión no partió de Salinas sino que fue contra él. La hipótesis criminológica tiende a establecer que Aburto actuó de motu propio, que él hizo los dos disparos, puesto que Colosio cayó instantáneamente, como sucede con cualquier persona que recibe un balazo en la cabeza: antes de un segundo ya está en el suelo. (El fiscal especial adereza su hipótesis con unos videos del FBI en los que se ve a tres suicidas de disparo en la cabeza: todavía no termina de sonar el balazo cuando el desgraciado ya está en el suelo. Pero eso no demuestra que ése haya sido el caso del cuerpo de Colosio cayendo a plomo o en espiral.) Sin embargo, la onda expansiva de la sospecha social se acrecienta entre más se abunda sobre el caso. No toda la gente cree que todo fue resultado de un complot, y no precisamente en contra de Salinas. Ni Alfonso Durazo, ni don Luis Colosio, han tenido las mismas percepciones El periodista regiomontano Federico Arreola llegó a decir, el 15 de marzo de 1999, que había un rompimiento incorregible entre Colosio y Salinas. “No sé si Salinas lo asesinó o lo mandó asesinar. Sí sé que Carlos Salinas se arrepintió de haber hecho candidato a Luis Donaldo.” Si impresión fue que la ruptura era irreversible. Meditabundo, triste, Colosio sentía que Salinas lo había dejado colgado de la brocha, al menos por los indicios de que Manuel Camacho lo suistituiría como candidato. La campaña de Colosio —quien, por cierto, hacía su propaganda sin el logotipo del PRI— estaba abandonada desde el punto de vista financiero. Ni Zedillo ni Óscar Espinoza (el que fue jefe de la Nacional Financiera y luego del DDF y nunca le salían bien las cuentas) mandaban dinero o no lo enviaban a tiempo. Se hacían tontos. Si alguna cosa está clara en el caso de Colosio es que la campaña estaba siendo saboteada: no había ni papel del baño en las oficinas del PRI de Tijuana, los voluntarios priístas ni siquiera tenían bonos para gasolina, en las calles no había pintas ni en los carros calcomanías. Si querían telefonear utilizaban teléfonos de la calle. ¿Qué quiere decir todo esto? Que se había creado todo un ambiente: un contexto. Una atmósfera. Un escenario. Se corría la voz de que Salinas se había arrepentido y que, de muchas maneras le había insinuado a Colosio que tenía que retirarse. ¿Por qué? ¿Para qué? Para que no sucediera lo que sucedió. La especulación colectiva, la imaginación popular que no merece el desprecio de nadie, suele descalificarse de inmediato y de antemano. Se dice que la historia oral siempre es injusta porque reproduce las mentiras y las fantasías de la gente. Una corazonada inexplicable indica que la verdad nunca podría conocerse si los hechos que se investigan están relacionados con el poder. La vox populi es implacable y salomónica. Cuando la gente decide creer en algo no hay poder humano capaz de hacerla cambiar de parecer. Y no hay pruebas en contra que valgan cuando se quiere creer. Los sospechoso viene más bien después del asesinato y no tanto de las cosas que según se ha sabido se hicieron antes. Surge de los ocultamientos posteriores. Los encubrimientos. Las diferentes versiones oficiales que se han ido empalmando como en un palimpsesto. Nunca se sabrá. Y es que ha ido cambiando nuestro modo de relacionarlos con el mundo imaginario. Ya no es, o no siempre, es a través de la literatura, como cuando los lectores de Dickens esperaban en Boston los bergantines cargados con los nuevos capítulos de Oliver Twist. Nuestras novelas de escasos tirajes caen en manos de un círculo muy reducido de lectores, que no siempre las leen. Depositamos más bien nuestras fantasías en el “espacio mediático” que el periodismo oral y escrito inventa todos los días. No son imágenes procedentes de las novelas las que se nos quedan en la memoria. Provienen más bien de los periódicos, de la televisión, de las redes sociales y de los expedientes judiciales. Por ejemplo: un jetta blanco que entra en la noche a Los Pinos de Salinas con un pasajero cadáver en al asiento de atrás o en la cajuela, el mismo jetta que sale conducido por alguien que en lugar de guantes se pone unos calcetines para no dejar huellas en el volante. No sabe uno si lo vio en una película, lo leyó en un periódico o en una novela de Andrea Camilleri. En los años 70 la posibilidad de que el centro de la conspiración estuviera en la residencia misma del poder sólo se daba en una película como Cadáveres ilustres, de Francesco Rossi. Ahora es algo que la realidad no descarta. Y si la novela policiaca propiamente dicha resulta imposible en un país con un sistema de justicia tan ambivalente como el nuestro (en el que los criminales están dentro de las instituciones), lo que parece estar sucediendo es que su lugar lo ocupa ahora el bombardeo cotidiano de las infinitas versiones que se arrojan sobre un mismo hecho. O al menos ésa ha sido la sensación que nos ha dejado el abrumador saldo informativo sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio. El caso Colosio es una novela criminal sin solución, como lo ha sido la política mexicana de los últimos años (con sus gobernadores narcos y secuestradores, con las campañas electorales financiadas por los narcotraficantes), pero a diferencia de la pura invención literaria —que nos divierte y no nos angustia tanto— nos ha dejado anonadados e impotentes, como cuando uno está en la situación de un sueño que no se resuelve y nos angustia. Cientos de miles de palabras se reprodujeron en torno al crimen y nos quedamos más angustiados que antes. Todos los lenguajes se encargaron de manipular el caso: el jurídico, el criminológico, el médico, el político, el periodístico. Y en cuanto pasó el 23 de marzo de 1994 todo el mundo se olvidó del caso. Tenía razón Borges: las cosas se publican en los periódicos justamente para que se olviden al día siguiente. Hubo un intento de desacreditar las “fantasías delirantes” de la imaginación colectiva a fin de exculpar a Carlos Salinas, pero ni siquiera los desmentidos más vehementes —no desprovistos de intencionalidad política o defensiva— consiguieron abolir las “teorías conspiracionistas”. La teoría del ambiente: Con la ruptura entre Salinas y Colosio se construyó un escenario, se creó un ambiente, para que se produjera el atentado. El set up. La teoría de los dos complot: En el escenario del crimen coincidieron dos conspiraciones sin relación entre sí: la de Los Pinos y la de Aburto en solitario, que se adelantó. Es la teoría más literaria: más fantasiosa. La teoría del Cid Campeador: Se eliminó al candidato presidencial porque iba a perder y había que conservar el poder con el muerto, al que se utilizaría en la campaña como monigote. La teoría del Blow up: a partir de los videos se quiso llegar a una composición de lugar, como hizo al principio el subprocurador especial Montes: El periodista Ricardo Rocha relanzó la hipótesis de la complicidad de Othón Cortés al enfocar en la televisión a un extraño personaje que se aproxima —como un jugador de basket— al perímetro de tensión y luego parece ser el mismo que extrae una cosa de la cintura, una supuesta pistola que no alcanza a dibujarse. El gran misterio sigue siendo que nunca se ve quién empuña la Taurus asesina, y es que el grano del video no permite la amplificación —el blow up— de la fotografía del cine. Colosio en cámara lenta. La teoría de la razón de Estado: un gobernante no puede culpar de autor intelectual a su antecesor, aunque tenga pruebas, porque se despanzurraría la institucionalidad misma de la Presidencia y su partido, perdería el poder. No lo hizo la comisión Warren ni L. B. Johnson respecto al asesinato de John F. Kennedy en 1963. Por razones de Estado. Se descree, pues, de la teoría del asesino solitario que desde el principio —en cuanto se bajó del avión en Tijuana— ya traía lista al procurador Diego Valadés, pero el sentido común de la gente no la acepta, como no la avalan muchos periodistas que no tienen por qué trabajar como jueces ni como notarios. No lo son. Nunca se sabrá realmente cómo estuvo el asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994. La gente sabe, lo intuye, lo siente, lo adivina, lo deduce, pero no tiene pruebas. En la lucha por el poder —para conseguirlo o conservarlo— se sobreentiende que todo se vale cuando la disputa se da entre fieras humanas, cuya baba más sutil sigue infestando nuestra memoria histórica más inmediata. No se sabe quién lo mandó matar, pero sí se siente. Hay algo que da el personaje bajo sospecha. Nadie se hubiera podido imaginar que en nuestro tiempo un hombre de mucho poder fuera capaz de mandar matar a otro político hermano, a un correligionario, a un socio, a un cómplice, a un rival, a alguien que se salió del huacal, pero la realidad mexicana es más fuerte que la ingenuidad política. Aunque no lo podamos creer, sucede. O por lo menos esa posibilidad la da al personaje. Es lo que emana del personaje. Es algo que no se sabe, que no consta, que no tiene el respaldo de las pruebas, pero se siente. Sabemos que un cierto “actor” de la política puede ser capaz de todo, de cualquier cosa, por horripilante que parezca. Porque el psicótico, sobre todo si está en la cumbre del poder, es alguien que no sólo carece de super yo, es decir, de conciencia del mal. Es alguien que no tiene la menor compasión por los demás; es alguien que puede dormir profundamente como un bebé después de haber decidido mandar hacer algo que para una persona sana implicaría un insoportable sentimiento de culpa, un remordimiento insufrible que podría llevarla a la autoaniquilación o, por lo menos, a nunca más volver a sentir en la vida algo parecido a la tranquilidad o la buena conciencia. A ese instigador o autor intelectual lo que le sucede es que le empiezan a fallar los neurotransmisores. Y ya no calcula bien las consecuencias de sus actos. Hay una economía en el asesinato político. En la tragedia de Macbeth sólo hay un tema: el asesinato. Es el más obsesivo de todos los crímenes creados por Shakespeare. El crimen, el pensamiento sobre el crimen y el temor ante al crimen se adueñan de todo. En casos como el del asesinato político se impone más que en otros la necesidad de discernir y establecer la verdad de manera verosímil y convincente. Hay varias maneras de decirla —siete, según Bertolt Brecht, son las dificultades para decir la verdad— y no únicamente la que se determina en los tribunales: la verdad sucia de los policías, la verdad abstracta y deshumanizada de los jueces que podrían ser sustituidos por computadoras y programas de “lógica procesal”. Muy otros son los caminos por los que se va la literatura, el periodismo y la crónica periodística, el ensayo (la tesis sin pruebas), el cine, el teatro y la caricatura política, para aproximarse en lo posible a la incómoda y áspera verdad. Porque la verdad jurídica muchas veces no logra convencer a nadie o se utiliza para cubrir otros crímenes, tal y como lo indica la estela de incertidumbre que desde el 24 de marzo de 1994 ha dejado el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Al fin y al cabo, tarde o temprano, la verdad por sí misma enseña (como decía Torcuato Tasso) y sale a flote como el cadáver sin lastre de una oscura laguna. A casi veinte años de distancia, y leída desde un presente que cada vez más se aleja del hecho analizado, la “investigación especial” que encargó la presidencia de la República al abogado Luis Raúl González Pérez averigua todas las hipótesis, desglosa hasta el último detalle —como quien da explicaciones no solicitadas— en la biografía de algún miembro de la escolta que destinó el Estado Mayor presidencial al escenario del crimen. Sin embargo, la abundancia de datos para conseguir verosimilitud por parte de la “comisión especial” no despeja las dudas y algún día se sabrá si fue o no una estupenda, fantástica y monumental operación intelectual de encubrimiento. En cada uno de los cinco tomos se echa de ver la preocupación por exculpar al Presidente que entonces lo era de México. Lo que al abogado tijuanense Ricardo Gibert Herrera lo dejó más perplejo del homicidio fue la circunstancia de la protección. Subcomandante de la policía judicial del Estado en Tijuana años antes y agente del Ministerio Público Federal en el momento del crimen, Ricardo Gibert Herrera —mejor conocido como el Yuca— contaba: “Yo siempre me coordiné con el Estado Mayor Presidencial cuando venía de gira el Presidente. Es algo de rutina que en todas partes hacen las policías del Estado y las municipales. Colaboran con los cuerpos de seguridad que vienen de México. Lo hice muchas veces. Y me di cuenta del rigor, la disciplina, la preparación técnica y militar de lo que es una escolta. Es un grupo entrenado, dispuesto a morir, como la escolta de la guerrilla colombiana, o de Al Fatah, del Mosaad, o del presidente gringo. Tienen el mismo nivel y nadie, óyelo bien, nadie, absolutamente nadie le puede romper el cerco a la escolta. Nadie. Ni una mosca.” Es como en el basquetbol: al que lleva la pelota lo van rodeando; corren con él. El personal de la escolta establece un doble cinturón de seguridad en la periferia del funcionario o del candidato. Existe un Manual de Protección de Funcionarios, elaborado por la Secretaría de la Defensa Nacional en 1997, tres años después del asesinato. En ese entonces el Estado Mayor presidencial, encargado de la custodia de Colosio, tenía ya un manual de procedimientos, de cuarenta y cinco páginas, para proteger y defender a personas públicas y todo indica, como dice en Agustín Ambriz en su artículo de Proceso del 5 de marzo de 2000, que muchos de estos procedimientos fueron violados por la escolta del sonorense. En el Manual de 1997 se establece que “el elemento de seguridad deberá estar siempre dispuesto a defender la integridad física y/o moral (aun con su propia vida) de la persona o personas a su cuidado, no debiendo dudar en repelar una agresión, aun encontrándose en desventaja, pensando en todo momento que el objetivo para el cual fue entrenado es mantener ilesas y en su caso librar de cualquier lesión a la persona o personas encomendadas a su custodia”. No creen en Sonora que a Colosio le faltara el temple de los zorros, no creen que estuviera deprimido, no creen que se haya asustado, no creen que se hubiera fracturado por dentro. Sienten que el fulminante golpe vino de las instancias más altas del poder. Creen que salvó la estirpe de los sonorenses, que sacó la casta, que se opuso, que dijo que no, que se le salió lo sonorense cuando Pastor y Doberman le plantearon que debía renunciar a la candidatura presidencial. —Siempre no —le dijeron. —Pues yo no renuncio —les dijo Luis Donaldo a los perros—. Si quieren que yo ya no sea candidato, chíngense. Mátenme entonces. Porque yo no voy a andar por ahí por el mundo como el pendejo al que primero le dijeron que iba a ser presidente y luego le dieron una patada en el culo. Si no quieren, chíngense. Métanse en un lío. Mátenme.